OPINIÓN. “Django encadenado al amor”

Sevilla, 31 de enero de 2013

Fuente: Sergio Munuera

Cuando vas a una de Tarantino adquieres una sensación especial, con mueca un tanto expectante: qué se le habrá ocurrido ahora, a cuál actor denostado va a resucitar, qué papel va a elegir para interpretar él mismo o en cuáles jardines se va a meter y cómo hará para salir de los mismos. Son cuestiones que merece la pena contestar yendo a verla.
Los que lo conocemos desde Reservoir Dogs sabemos que estará atiborrada de sangre y de tener que apartar la mirada, dudando si es mejor imaginárselo o ver lo imaginado por alguien que tiene un nombre tan de niño como es Quentin.
Que esté Samuel Leroy Jackson es un valor seguro de buena interpretación. Parecen entenderse para conseguir, cada vez que se juntan, personaje y frases emblemáticas. Frases y gestos para memorizar y soltar de vez en cuando. ¿Quién no ha recitado alguna vez aquel pulponiano “de Ezequiel 25, 17”?
El detalle técnico que resalto es la utilización de la cámara lenta. Se utiliza para hacernos ver que lo que se ralentiza es importante y quiere que nos fijemos bien. Es a cámara lenta donde apreciamos detalles que nos pasan imperceptibles a cámara de ojo humano, tal y como se demuestra en la serie Time Warp de Discovery Channel. Detalles que al descubrirlos nos fascinen por descubrir que están ahí aunque no los apreciemos. En este sentido, destaco entre la ocasiones en las que se recurre a esta técnica, el momento de la liberación de Django, resaltado la manera de deshacerse de la manta que hasta el momento guarecía a la bestia. Es la imagen de la peli. En la espalda vemos el pasado del protagonista; en su caminar con gesto de brazos desenfundando, el presente, la liberación; y hacia donde se dirige, lo que va a conformar su futuro.
Si bien Kill Bill supuso la liberación de la mujer según Tarantino, Django es la liberación del hombre negro. Deja de forma clara y evidente que somos iguales al mostrar la diferencia. Que todos seamos diferentes (no escribo que unos sean mejores o peores) es lo que nos hace iguales. Somos iguales en derechos y oportunidades porque precisamente somos diferentes como personas, no hay una persona igual sino que cada una es única e irrepetible. Uno no llega a creer que realmente se tratasen así a los negros, tan personas como los blancos, rosáceos, pálidos o amarillos. Tarantino marca la forma de hablar, el registro de la lengua que utilizan. Por otro lado, atribuye a los mandingos,  personas procedentes de la zona del golfo de Guinea, la condición de ser gladiadores de salón. Quizá por las mandingas que pegan se haya atribuído ese término para esa ocupación.
El actor que queda resucitado no es, ni mucho menos, Di Caprio, al que no le ha dado tiempo de morir interpretativamente, sino el mítico Don Johnson, el eterno rubiales de ojos rasgados.
Los quijotistas podrán apreciar la schultztización de Django y la djanguización del Dr. King Schultz, sí, interpretado por el incasillable Christoph Waltz con una caracterización un tanto maeciana. También es interesante fijarse en ellos como personajes, que pierden o ganan credibilidad en el desarrollo de la artimaña que confeccionan. Uno coge fuerza cuando interpreta un papel y otro cuando se muestra tal y como es. Como las personas en la vida.
Si el uno deja de interpretar y pierde fuerza y va a ser descubierto por el implacable Mr. Candie, en un cuerpo di Caprio, y no tiene más remedio que volver a ser un jubilado dentista imprevisible para ganar el envite, el otro opta por quitarse la máscara y mostrarse tan letal como realmente es.

Ver esta peli supone una de esas experiencias que no dejas de saborear durante la semana posterior, que gana con el tiempo, ya que en su momento, con una trama de tanta tensión y situaciones surrealistas, bastante tiene uno con atender al embrollo. No es descabellado volverla a ver. Para saborear las situaciones bajo la misma condición que Tarntino, esto es, sabiendo lo que va a suceder.