OPINIÓN. “Tierra prometida”

Sevilla, a 22 de mayo de 2013.
Cuando ves, en los créditos iniciales, que Matt Damon, el cual me sigue recordando a Monkey Molina, además de actor, está implicado como guionista y como productor; piensas que no es una mera interpretación la que te dispones a ver, sino una apuesta y posición sobre un tema candente.
Cuando te dan mucho dinero por algo, no pienses tanto en la cantidad que te ofertan sino en el reporte que el que te lo da obtiene gracias a ti. Eso es lo que a él le importa, tú, tu persona y tu circunstancia, no tanto.
Al poco sabes de qué va la peli y te acuerdas de que Guillermo Fesser contó algo al respecto a cien millas de Manhattan. Como en la película, cuando alguien sospecha de tanto dinero fácil y del mundo color de rosa, pronto sale alguien a desmentir o disfrazar más aún el asunto, en este caso fue la portavoz de una de las empresas que explota en España el recurso que se plantea en la película.
Dios le prometió a Moisés tierra donde pacer, pero no le dejó que la pisara, parece que sí, aunque no se lo termine de creer, su pueblo. La tierra como don de Dios y su administración como tarea del hombre. Ahí es donde entra el dilema de si dejar que sean otros los que lo hagan por un nada módico precio o seguir ocupándose uno mismo, y seguir trabajándola y sacando de ella lo que hasta ahora ha sido tradición, creyéndose en propiedad de la misma. ¿De quién es la propiedad del subsuelo, hasta cuantos metros es propio y empieza ser ajeno? ¿o debería escribir “común”? Porque el día que toda esta bola azul se vaya al garete por lo que hayan hecho los que piensan que es de su propiedad, nos vamos a ir todos comúnmente.
Me detengo en los planos cenitales que se ofrecen. Planos a vista de pájaro que nos hacen relativizar las cosas y vernos como lo que somos: no mucho más grandes que unas hormigas. Cuando uno despega o aterriza en avión y ve cada una de esas casas o coches que circulan llevando consigo historias personales, conflictos, relaciones, alegrías, quehaceres… desde arriba pierden su importancia en su trascendencia.
El montaje hace avanzar la historia saliendo de las escenas sin terminar de contarnos qué pasa al final en ellas, para más tarde mostrarnos un detalle que da cuenta de cómo terminó aquello. Tareas: ¿cómo sabemos si el personaje que interpreta Matt Damon le ganó o no la competición a la camarera?
            Por otro lado tenemos una reflexión que hacer desde el punto de vista del trabajo como comercial. Si uno vive como piensa o termina pensando como vive, en el caso de este oficio, uno vende en lo que cree o termina creyendo en lo que vende. De no ser así… conflicto mental asegurado y objetivos comerciales no conseguidos.
A no ser que seas un tipo frío, de esos que ni sienten ni padecen, ni en el trabajo ni en su vida personal. Por ejemplo, un tipo que se dedica a vender semillas modificadas genéticamente pero sólo consume productos ecológicos; Un comercial de una operadora telefónica con contrato móvil en la competencia; Un representante de laboratorio que sólo tira de la botica de la abuela o de María Treben cuando enferma… los ejemplos los vemos a diario y nos decimos: “no cuadra, no, no”.
Y en esas tenemos a los protagonistas: el que trabaja por el taco y de camino lo que caiga, el que lo hace por necesidad o el que está convencido de lo que hace (con el recurso del plano con la bandera de EEUU al fondo respaldando al protagonista), buscando la verdad de las cosas y no sólo la apariencia, vender y balonazo fuera. Una persona que cree en lo que vende pero tiene cierta duda, una persona que opta por el mal menor a falta de saber la verdad plena, pero que cuando la encuentra… la asume, es coherente y decide vivir como piensa en vez de pensar como vive.
Piénseselo bien antes de vivir el no ir a verla, pues éstos, con la historia del gas u otra, ya mismo andarán por su casa.
Sergio Munuera.
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